Crucero Teosófico 2018

La Federación de la Florida TSA & La Federación Teosófica Interamericana presentan Teosofía en el Siglo XXI Theosophy in the 21st Century Convención Teosófica en el crucero Enchantment of the Sea Mayo 18-21, 2018 Evento Bilingüe

Estamos encantados en invitarles a esta ocasión tan única en la que compartiremos nuestra reunión anual con teósofos y amistades de diferentes regiones en USA, en América Latina y en Europa. Anticipamos otro fin de semana inolvidable, con presentaciones tanto del presidente internacional de la Sociedad Teosófica, Tim Boyd, como del secretario nacional de la TSA, David Bruce, y del conferencista nacional de la TSA, Pablo Sender, además de otros destacados conferencistas teosóficos e invitados especiales.

La Convención del 2018 incluirá múltiples mesas redondas, foros abiertos, presentaciones audio-visuales, yoga, meditación y suficiente tiempo libre para disfrutar de la variedad de opciones que ofrece el crucero para la relajación y el entretenimiento. En breve se enviará un Programa de Actividades detallado. Mientras tanto, le recomendamos que haga su reservación cuanto antes, para aprovecharse de los precios actuales de promoción.

Precios de cabina interior: en este momento el precio básico (con depósito no reembolsable de $100) es de $309, más $91.04 por impuestos. Total: $404.04 por persona. Propinas: $13.50 por persona por día.

Cabina con vista al mar: $379 por persona, mas $91.04 por impuestos. Total: $470.04 por persona. Propinas: $13.50 por persona por día.

El crucero ofrece las tarifas vigentes, que varían según el día que Ud.

Reserve y la disponibilidad de la cabina. Las tarifas se basan en ocupación doble (dos personas por cabina).

Las tarifas listadas incluyen todas las comidas a bordo, el entretenimiento del barco y los impuestos; pero no las excursiones ni las propinas.

Itinerario:

Miami-Bahamas-Miami Salida:

Viernes, Mayo 18, Puerto de Miami, FL 4:00pm.

Sábado: Mayo 19 CocoCay, Bahamas, 8:00am a 5:00pm.

Domingo: Mayo 20 Nassau, Bahamas, 8:00am a 5:00pm.

Regreso:

Lunes, Mayo 21, Puerto de Miami, FL 7:00am.

Para reservar, y para hacer preguntas o recibir detalles, contacte directamente a nuestro agente de viajes: Logan Thomas Especialista de grupo Vacations to Go lthomas@vacationstogo.com

Horario de atención: lunes a viernes: 11:30 a.m. a 8:30 p.m. (hora de la zona central de EEUU) EEUU y Canadá: 1-800-514-9986, ext. 7204 Argentina: 0800-666-0164 Brasil: 0800 892-7827 Chile: 800-914-124 Colombia: 01-800-518-4607 República Dominicana: 1-888-751-8879 México: 01-800-681-1578 Panamá: 00-800-226-6010 Puerto Rico: 800-338-4962 España: 900 494 221 Uruguay: 000-416-204-8561 Venezuela: 0 800 104 9162

¿Qué Son Los Teósofos?

[H.P. Blavatsky]

 

¿Son lo que afirman ser: estudiantes de la ley natural, de la filosofía antigua y moderna y aún de la ciencia exacta? ¿Son deistas, ateos, socialistas, materialistas, idealistas o son simplemente un cisma del espiritismo moderno, meros visionarios? ¿Se les puede otorgar alguna consideración en cuanto a capacidad de discusión sobre la filosofía y promoción de la ciencia auténtica o se les debería tratar con la tolerancia compasiva que se proporciona a los “entusiastas inofensivos?” A menudo, a la Sociedad Teosófica se le ha imputado el profesar una creencia en los “milagros, su producción” y tener un objetivo político secreto, como los Carbonarios. Se le ha acusado de ser espía de un Zar autocrático, de predicar doctrinas socialistas y nihilistas y, sorprendentemente, de tener un tácito acuerdo con los jesuitas franceses a fin de debelar el espiritismo moderno para recabar pingües ganancias! Los positivistas americanos, imbuidos por el mismo paroxismo, los han motejado de soñadores; mientras la prensa neoyorquina los ha definido como adoradores de fetiches. Los espiritistas los han acusado de querer resucitar “supersticiones anticuadas,” la iglesia cristiana los considera infieles emisarios de Satán, el profesor W. B. Carpenter, miembro de la Real Academia, los califica como los auténticos cazamoscas. En fin, la imputación más absurda procede de los oponentes hindúes los cuales, queriendo depauperar su influencia, los acusan, rotundamente, de recurrir a los demonios para efectuar ciertos fenómenos. De esta cornucopia abigarrada de opiniones se yergue claramente un hecho: a la Sociedad, a sus miembros y a sus ideas se les otorga la suficiente importancia para considerarles como tema de discusión y denuncia; ya que los seres humanos detractan sólo a aquellos que odian o temen.

 

Sin embargo, aunque la Sociedad Teosófica haya tenido sus enemigos y detractores, cuenta también con amigos y defensores. A cada improperio le corresponde una palabra lisonjera. Empezó con un grupo de casi doce hombres y mujeres dedicados; después de un mes, el incremento de sus miembros fue tan considerable que se necesitó alquilar una sala pública para sus reuniones. En el transcurso de dos años, constaba de sucursales operativas en países europeos. En seguida, se alió con la Arya Samaj de la India, encabezada por el docto Pandit Dayanand Saraswati Swami y con los budistas de Ceilán, guiados por el erudito H. Summangala, el Alto sacerdote de Adam’s Peak y Presidente de la Universidad Widyodaya en Colombo.

 

Aquel a quien le guste tratar de sondear, seriamente, las ciencias sicológicas, debe acudir a la sagrada tierra de la antigua Aryâvarta. No existe lugar más antiguo en lo que atañe a sabiduría esotérica y a la civilización, a pesar de lo degradado que pueda ser su pobre sombra: la India moderna. Como consideramos a este país la caudalosa cuna de la cual provinieron los siguientes sistemas filosóficos, una porción de nuestra Sociedad ha acudido a esta fuente de toda sicología y filosofía para aprender su antigua sabiduría, pidiendo la impartición de sus extraños secretos. El adelanto de la filología es ya considerable para que, actualmente, necesite una demostración del hecho según el cual Aryâvarta fue la nacionalidad primogénita. Las hipótesis no probadas y preconcebidas de la cronología moderna, no merecen ninguna consideración y se desdibujarán en el tiempo, análogamente a otras teorías no terminantes. La línea de la herencia filosófica: de Kapila a través de Epicuro y hasta James Mill, de Patanjali a través de Plotino y hasta Jacob Böheme, es trazable como el curso de un río a lo largo de un paisaje. Uno de los objetivos de la organización de la Sociedad consistía en examinar las ideas demasiado trascendentales de los espiritistas con respecto a los poderes de los espíritus desencarnados. En seguida, después de haberle comunicado lo que, según nosotros, una parte de sus fenómenos no son, nos corresponde mostrarles lo que son. Es tan evidente que la llave de los presuntos fenómenos “sobrenaturales” debe buscarse en oriente y especialmente en la India, que recientemente, también lo ha admitido el Pioneer de Allahabad (11 de Agosto de 1879), un periódico anglo-indo cuya reputación es la de ser muy franco. El rotativo, inculpando a los científicos por haberse “dedicado al descubrimiento físico durante algunas generaciones, descuidando la investigación super-física,” menciona “la nueva ola de escepticismo” (el espiritismo), la cual “recientemente ha estorbado esta convicción.” Dirigiéndose a un amplio número de personas, incluyendo a muchos eruditos y doctos, agrega: “Nuevamente, lo sobrenatural se ha impuesto como un tópico adecuado para el análisis y la pesquisa. Además, existen hipótesis plausibles en favor de la idea según la cual: entre los ‘sabios’ orientales se encuentra una profusión de vestigios de tales peculiaridades personales, sean las que sean, necesarias como condición antecedente al evento de un fenómeno sobrenatural, mientras entre los habitantes modernizados del occidente, tales peculiaridades decrecen.” El escritor del editorial, ignorando que la causa que ampara es uno de los propósitos y objetivos principales de nuestra Sociedad, hace notar que: “nos parece que es la única dirección hacia la cual los esfuerzos de los Teósofos en la India puedan ser útiles. Se sabe que los miembros guías de la Sociedad Teosófica en la India son ya estudiantes muy adelantados de los fenómenos ocultos y esperamos que su interés profesado en la filosofía oriental […] pueda cubrir una intención reservada de explorar el género de cosas que indicamos.”

 

Como ya observamos, entre nuestros numerosos objetivos, uno de los más importantes consiste en resucitar la obra de Ammonio Saccas y hacerle recordar a muchas naciones que son la progenie de “una madre.” En lo que concierne al aspecto transcendental de la Teosofía antigua, ha llegado el momento en que la Sociedad Teosófica lo explique. ¿En qué medida la Sociedad concuerda con la ciencia de los antiguos místicos arios y griegos, propensa a investigar a la naturaleza y a Dios y con los poderes de la mediumnidad espiritual moderna? Completamente, respondemos. Sin embargo, si nos preguntan: en qué cree, contestaremos que: “como grupo, en Nada.” La Sociedad, como conjunto no tiene ningún credo ya que éstos son simplemente el recipiente del conocimiento espiritual mismo, el verdadero meollo de la investigación filosófica y teísta. La representante visible de la Teosofía Universal, no puede ser más sectaria que una Sociedad Geográfica, la cual simboliza la exploración geográfica universal sin interesarse en el credo de sus exploradores. La religión de la Sociedad es una ecuación algebraica en la cual, mientras no se omita el signo de igualdad (=), cada miembro puede sustituir cantidades propias que mejor colinden con las exigencias climáticas y de su tierra natal, con las idiosincrasias de su pueblo o aún las suyas propias. Como nuestra Sociedad no tiene ningún credo aceptado, está muy dispuesta a dar y recibir, aprender y enseñar, valiéndose de la experimentación práctica, la antítesis de una aceptación simplemente pasiva y crédula de un dogma impuesto. Está abierta a aceptar cualquier resultado que alguna de las anteriores escuelas o sistemas afirme, siempre que pueda demostrarse lógica y experimentalmente. Por lo tanto: no puede acoger nada, basándose en la simple fe, no importando quién lo proponga.

 

Sin embargo, el asunto cambia al considerarnos individualmente. Los miembros de la Sociedad representan las nacionalidades y razas más heteróclitas. Además, nacieron y se educaron en los credos y condiciones sociales más disímiles. Algunos creen en una cosa otros en otra. Algunos se inclinan hacia la magia antigua o la sabiduría secreta que se enseñaba en los santuarios, la verdadera antítesis del culto a lo sabrenatural y lo diabólico. Otros están interesados en el espiritismo moderno o la relación con los espíritus de los fallecidos. Otros más propenden hacia el mesmerismo o el magnetismo animal o sólo la fuerza oculta dinámica en la naturaleza. Un cierto número aún no ha adquirido una creencia terminante; sin embargo, se encuentra en un estado de atenta espera. Hay también aquellos que, en un cierto sentido, se llaman materialistas. La Sociedad no incluye a ateos ni a fanáticos sectarios de ninguna religión; ya que el simple hecho de ser parte de ella, implica una búsqueda hacia la verdad final en lo que concierne a la esencia última de las cosas. Si un ateo especulativo existiese, cosa que los filósofos pueden negar, debería rechazar el binomio causa y efecto, tanto en este mundo material como en aquel espiritual. Puede haber miembros que, análogamente al poeta Shelley, han dejado que su imaginación se elevara a una sucesión de causas infinitas; ya que cada una, por turno, se convertía, lógicamente, en un resultado que necesitaba una causa previa, hasta que han enrarecido al Eterno en una escueta neblina. Sin embargo, aún ellos, no son ateos en el sentido especulativo; ya sea que identifiquen las fuerzas materiales del universo con las funciones que los teístas atribuyen a su Dios, o no. En cuanto, una vez que no pueden emanciparse de la concepción del ideal abstracto del poder, de la causa, de la necesidad y del efecto, pueden considerarse ateos sólo con respecto a un Dios personal y no al Alma Universal del panteísta. En cambio, el fanático sectario, atrincherado en su credo, en cuya estacada se lee el aviso: “se prohibe el tránsito,” no puede salir de su baluarte para unirse a la Sociedad Teosófica y aunque pudiera, ella no tendría espacio para aquel cuya religión le veda todo examen. La verdadera idea eje de la Sociedad es una investigación libre e intrépida.

 

La Sociedad Teosófica, como grupo, considera que los Teósofos, propiamente dichos, fueron y son, todos los pensadores e investigadores originales del lado oculto de la naturaleza; ya sean materialistas: los que encuentran en la materia “la promesa y la potencia de la vida terrestre completa” o espiritualistas: aquellos que disciernen en el espíritu la fuente de toda energía y materia. Desde luego, para ser un teósofo, no es menester reconocer la existencia de algún Dios o deidad particular. Simplemente hay que adorar el espíritu de la naturaleza viviente y tratar de identificarse con ésto. Se debe respetar esa Presencia: la Causa invisible que está siempre manifestándose en sus resultados incesantes, el Proteo intangible, omnipotente y omnipresente que, siendo indivisible en su Esencia, elude la forma, aún apareciendo bajo cada una de éstas. Se encuentra aquí y allá, por todas partes y en ninguna, es el Todo y la Nada, ubicuo, mas sin embargo uno, la Esencia que llena, vincula, deslinda y contiene el todo y está contenida en el todo. Por lo tanto, es evidente que estos hombres, a cualquier clase que pertenezcan: teístas, panteistas o ateos, son equiparables con el resto. Sea como fuere, una vez que el estudiante abandona el antiguo y transitado sendero de la rutina y entra en el camino solitario del pensamiento independiente hacia Dios, es un Teósofo, un pensador original, un buscador de la verdad eterna con una “inspiración propia” para desenmarañar los problemas universales.

 

La Teosofía es la aliada de todo individuo que busca independientemente y con ahinco, un conocimiento del Principio Divino, las relaciones humanas con éste y sus manifestaciones en la naturaleza. Es análogamente, la aliada de la ciencia honrada para distinguirla de la gran cantidad que pasa por ciencia física exacta, siempre que ésta no incursione en los reinos de la sicología y de la metafísica.

 

Es también la aliada de toda religión íntegra: una religión dispuesta a ser juzgada conforme los mismos parámetros que implementa para las demás. Según la Teosofía: los libros que contienen la verdad más evidente son inspirados y (no revelados). Sin embargo, a causa del elemento humano que encierran, los considera inferiores al Libro de la Naturaleza, cuya lectura y comprensión correcta implica el necesario desarrollo elevado de los poderes innatos del alma. Sólo las facultades intuitivas pueden percibir las leyes ideales, las cuales trascienden el campo de la argumentación y de la dialéctica y nadie puede comprenderlas o apreciarlas correctamente mediante las explicaciones de una mente ajena, aunque ésta afirme tener una revelación directa. Además, la Sociedad en cuestión, que permite la más amplia investigación en los campos del ideal puro, sostiene una actitud igualmente firme en la esfera de los hechos. Así, su respeto por la ciencia moderna y sus justos representantes es sincero; no obstante que carezcan de una intuición espiritual superior, el mundo les debe mucho. Por lo tanto, la Sociedad ampara de corazón la protesta noble e indignada del Reverendo O. B. Frothingham, predicador dotado y elocuente, el cual pugna contra aquellos que procuran menospreciar los servicios de nuestros grandes naturistas. En una reciente conferencia presentada en Nueva York exclamó: “Habláis de la ciencia como si fuera irreligiosa y atea. La Ciencia está creando una idea de Dios viviente. Si en el futuro no llegamos a ser ateos bajo los efectos exacerbantes del Protestantismo, será gracias a la ciencia; ya que está emancipándonos de las horribles ilusiones que nos importunan y nos confunden, colocándonos, entonces, en el estado que nos enseña como razonar acerca de las cosas visibles […]”

 

Al mismo tiempo, gracias a la obra incesante de orientalistas como W. Jones, Max Müller, Burnouf, Colebrooke, Haug, St. Hilaire y muchos más, la Sociedad, como grupo, siente un respeto y una veneración equiparable hacia las antiguas religiones del mundo, véase el Vedanta, el Buddhismo, el Zoroastrianismo y otras y un sentimiento fraterno hacia sus miembros hindúes, singaleses, parsis, jainos, hebreos y cristianos, como estudiantes individuales del “ser,” de la naturaleza y de lo divino en ella.

 

La Sociedad, nacida en los Estados Unidos de América, fue constituída según el modelo de su tierra madre, cuyas leyes otorgan absoluta igualdad a todas las religiones, omitiendo el nombre de Dios de su constitución para que no se proporcione el pretexto que un día se establezca una religión de estado. El estado las sostiene y las protege a todas. La Sociedad, plasmada según tal constiución, puede ser llamada justamente: una “República de la Conciencia.”

 

Pensamos que ahora hemos dilucidado por qué nuestros miembros, como individuos, son libres de participar o no en cualquier credo que les plazca, siempre que no pretendan ser los únicos que gozan del privilegio de la conciencia, imponiendo sus opiniones a los demás. En este respecto, las Reglas de la Sociedad son muy rígidas y trata de implementar la sabiduría del antiguo axioma budista: “Honra tu fe y no denigres la fe ajena,” que reverbera, en nuestro siglo, en la “Declaración de Principios” del Brahma Samaj, cuya noble afirmación dice: “ninguna secta será objeto de denigración, burla u odio.” La sexta Sección de las Reglas Revisadas de la Sociedad Teosófica, recientemente adoptadas en el Concilio General en Bombay, ordena:

 

Ningún oficial de la Sociedad Madre tiene el derecho de expresar, oral o físicamente, hostilidad o preferencia hacia alguna sección (división sectaria o grupo dentro de la Sociedad), más bien que a otra. A todas se les debe considerar y tratar de manera ecuánime según los objetivos de la solicitud y ejercicio de la Sociedad. Todas tienen igual derecho de presentar los aspectos esenciales de su creencia religiosa frente de un tribunal o de un mundo imparcial.

 

Cuando los miembros son el blanco de ataques, ocasionalmente pueden, en su capacidad individual, infringir esta Regla; sin embargo, como oficiales deben reprimir esta violación y durante las reuniones la Regla se implementa rígidamente; ya que la Teosofía, en su sentido abstracto, se yergue sobre todas las sectas humanas. La Teosofía es demasiado extensa para que algunas de ellas la contengan, sin embargo puede, fácilmente, contener a ellas.

 

Concluyendo, podemos afirmar que sus ideas son mucho más amplias y universales que alguna Sociedad científica existente. Además, incluye algo que la ciencia no contempla: una creencia en toda posibilidad y una voluntad determinada para penetrar en esas regiones espirituales desconocidas que, según la ciencia exacta: sus miembros no tienen ninguna razón para explorar. También tiene una cualidad más que cualquier religión; ya que no fomenta ninguna diferencia entre los Gentiles, los Judíos y los Cristianos. Este es el espíritu con el cual se ha establecido la Sociedad estribándose en la Hermandad Universal.

 

La Sociedad, desinteresada en la política, hostil hacia los sueños insensatos del socialismo y del comunismo, al que detesta, siendo ambos simplemente conspiraciones solapadas de fuerza brutal e indolencia contra los laboradores honestos, no reza mucho con la guía del aspecto humano externo del mundo material. Todas sus aspiraciones están dirigidas hacia las verdades ocultas de las esferas visibles e invisibles. Vivir bajo un régimen imperial o republicano, circunscribe simplemente al individuo objetivo. Su cuerpo puede encontrarse en esclavitud, sin embargo, en lo que concierne a su alma, tiene el derecho de contestar a sus regentes reverberando la orgullosa respuesta que Sócrates dio a sus jueces. Ellos no tienen ningún control sobre el ser interior.

 

Entonces, esta es la Sociedad Teosófica, sus principios, sus metas polifacéticas y sus objetivos. Por lo tanto, las pasadas ideas erróneas del público en general y la palanca que el enemigo ha logrado ejercer para rebajarla en la estima pública, no nos sorprenden. El verdadero estudiante ha sido siempre un recluso, un ser silencioso y meditabundo. Sus hábitos y sus intereses tienen muy poco en común con el mundo en constante actividad, por lo tanto, mientras él estudia, sus enemigos y detractores gozan de oortunidades imperturbadas. Sin embargo, el tiempo sana todo y las mentiras son, simplemente, efímeras. Unicamente la Verdad es eterna.

 

En seguida, hablaremos acerca de algunos miembros de la Sociedad que han efectuado grandes descubrimientos científicos y otros más hacia los cuales los psicólogos y los biólogos deben mucho por la nueva luz irradiada en los problemas más recónditos del ser interno. Actualmente, nos proponíamos probar al lector que la Teosofía no es una “nueva doctrina,” ni una conspiración política y ni una de esas sociedades de entusiastas que nacen hoy y desaparecen mañana. Las dos grandes Divisiones: oriental y occidental, en que se ha organizado la Sociedad, demuestran que no todos sus miembros pueden pensar de manera análoga. El sector occidental está dividido en numerosas secciones según las razas y las ideas religiosas. El pensamiento de un individuo, a pesar de sus manifestaciones, infinitamente multiformes, no lo abarca todo y, siendo limitado, necesariamente especula en una sóla dirección. Una vez trascendidas los lindes del conocimiento humano exacto, debe errar y vagar; ya que las ramificaciones de la Verdad Central y absoluta son infinitas. Por lo tanto, de vez en cuando, discernimos que aún los filósofos más grandes se pierden en los laberintos de las especulaciones; provocando, entonces, la crítica de la posteridad. Sin embargo, como todos trabajan para el único mismo objetivo: la liberación del pensamiento humano, la eliminación de las supersticiones y el descubrimiento de la verdad, los acogemos calurosamente. Todos concordarán que para mejor alcanzar y asimilar estos objetivos, es menester convencer a la razón y fomentar el entusiasmo de la generación de mentes nuevas y frescas, las cuales están madurando y preparándose para sustituir a sus padres con ideas preconcebidas y conservadoras. Como cada ser, tanto los grandes como los pequeños, ha recorrido el camino maestro hacia el conocimiento, los escuchamos a todos y los aceptamos como miembros, ya sean los grandes o los pequeños. Desde luego, ningún buscador honesto regresa con las manos vacías y aún cuando el favor popular ha sido parco con un individuo, él puede, por lo menos, colocar su óbolo en el único altar de la Verdad.

 

Theosophist, Octubre de 1879

¿Qué es Teosofía?

 

[ H. P. Blavatsky]

 

Esta pregunta es tan consuetudinaria y las ideas erróneas al respecto son tan prevalecientes, que los editores de una revista dedicada a la divulgación de la Teosofía en el mundo serían negligentes, si en el primer número publicado, no consideraran estas cuestiones. Sin embargo, el título implica dos interrogantes más, a las cuales contestaremos debidamente, éstas son: ¿Qué es la Sociedad Teosófica? y ¿Qué son los Teósofos?

 

Según los lexicógrafos: al término theosophia lo componen dos palabras griegas: theos, “dios” y sophos, “sabio.” Hasta aquí está correcto. Sin embargo, las siguientes explicaciones distan mucho de impartir una idea clara de la Teosofía. Webster la define de manera muy original como: “una presunta relación con Dios y los espíritus superiores, permitiendo, entonces, el alcance del conocimiento superhumano mediante procesos físicos, véase las operaciones teúrgicas de algunos antiguos platónicos o los procesos químicos de los filósofos del fuego alemanes.”

 

Esta es, en pocas palabras, una explicación insuficiente e impertinente. Atribuir tales ideas a seres como Ammonius Saccas, Plotino, Jamblico, Porfirio y Proclo, implica una interpretación errónea intencional o la ignorancia de Webster en lo que concierne a la filosofía y a los motivos de los genios más grandes de la Escuela alejandrina más reciente. Al achacar un propósito de desarrollar sus percepciones psicológicas y espirituales mediante “procesos físicos,” a aquellos que, tanto sus contemporáneos como la posteridad, definieron “theodidaktoi,” instruídos por dios, implica considerarlos unos materialistas. En lo que concierne al golpe final asestado a los filósofos del fuego, ésto rebota de ellos para repercutir entre nuestros científicos más eminentes, aquellos en cuyas bocas el Reverendo James Martineau coloca la siguiente frase jactanciosa: “todo lo que queremos es la materia, danos exclusivamente átomos y explicaremos el universo.”

 

La siguiente definición de Vaughan es mejor y más filosófica: “Un Teósofo es aquel que presenta una teoría de Dios o de las obras de Dios, destituida de revelación, en cuanto estriba en una inspiración propia.” Según este punto de vista, cada gran pensador y filósofo, especialmente todo fundador de una nueva religión, escuela de filosofía o secta es, necesariamente, un Teósofo. Por lo tanto, el binomio Teosofía y Teósofos existió desde que la primera vislumbre de pensamiento incipiente indujo al ser humano a buscar, instintivamente, los medios para expresar sus opiniones independientes.

 

Los Teósofos anteceden a la era cristiana, a pesar de que los escritores cristianos atribuyen el desarrollo del sistema teosófico Ecléctico al primer período del tercer siglo de su Era. Diógenes Laetius hace remontar la Teosofía a una época anterior a la dinastía de los Ptolomeos y menciona como su fundador a un Hierofante egipcio llamado Pot-Amum, patronímico copto que significa un sacerdote consagrado a Amun, el dios de la Sabiduría. Sin embargo, la historia muestra que, Ammonius Saccas, el fundador de la escuela neoplatónica, fue el revividor de la Teosofía. El y sus discípulos se denominaron “Philalethian,” amantes de la verdad, mientras otros los llamaban “Analogistas,” debido a su método interpretativo empleado en todas las leyendas sagradas, los mitos y los misterios simbólicos, el cual se basaba en la analogía y la correspondencia. Por lo tanto, los eventos ocurridos en el mundo externo los consideraban como la expresión de las operaciones y de las experiencias del alma humana. Ammonius se proponía reconciliar todas las sectas, la gente y las naciones bajo una fe común: una creencia en un Poder Supremo, Eterno, Incognoscible e Innominado, que gobernaba el Universo por medio de leyes inmutables y eternas. Su objetivo consistía en probar un sistema teosófico primitivo que, en sus albores, era esencialmente similar en todos los países, inducir a cada ser a abandonar sus altercados y disputas, uniéndose en propósito y pensamiento como los niños de una misma madre y purificar las antiguas religiones, paulativamente corrompidas y opacadas por la escoria del elemento humano, ensamblándolas y explicándolas recurriendo a principios puramente filosóficos. Por lo tanto, en la Escuela Teosófica Ecléctica, se enseñaban los sistemas buddhistas, vedánticos, de los magos o zoroastrianos, en concomitancia con todas las filosofías griegas, razón por la cual entre los antiguos teósofos alejandrinos se denotan las características, preeminentemente buddhistas e hindúes, del respeto hacia los padres y los ancianos, un cariño fraterno para toda la raza humana y aún un sentimiento compasivo en favor de todos los animales. Ammonius, mientras trataba de establecer un sistema de disciplina moral que infundiera en la gente el deber de vivir conforme a las leyes de sus respectivos países, fomentando sus mentes mediante la búsqueda y la contemplación de la Verdad Absoluta única, su objetivo principal, que según creía, hubiera facilitado el alcance de los demás, consistía en educir, de las varias enseñanzas religiosas, como de un instrumento multicuerda, una completa armonía melodiosa que resonara en cada corazón amante de la verdad.

 

Por lo tanto, la Teosofía es la arcaica Religión-Sabiduría, la doctrina esotérica un tiempo familiar en todo país antiguo considerado civil. Según nos muestran todas las escrituras antiguas, esta “Sabiduría” era una emanación del Principio divino cuya clara comprensión está representada en nombres como el hindú Buddh, el babilonio Nebo, el egipcio Thoth, el griego Hermes y también en los patronímicos de algunas diosas: Metis, Neitha, Atena, la Sophia gnóstica y finalmente los Vedas, cuyo nombre deriva del verbo “conocer.” Todos los antiguos filósofos orientales y occidentales, los hierofantes egipcios, los rishis de Aryavarta y los theodidaktoi griegos incluían, bajo esta designación, el conocimiento completo de las cosas ocultas y esencialmente divinas. Al Mercavah de los Rabinos judíos, las series seculares y populares, se le designaba simplemente como el vehículo, el recipiente externo que contenía el conocimiento esotérico. Los Magos de Zoroastro recibían su instrucción e iniciación en las cuevas y en las logias secretas de Bactria, los hierofantes egipcios y griegos tenían sus apporrheta o discursos secretos durante los cuales el Mysta llegaba a ser un Epopta: un Vidente.

 

Según la idea central de la Teosofía Ecléctica: existe una única Esencia Suprema, Desconocida e Incognoscible. Desde luego: “¿cómo puede uno conocer al conocedor?” pregunta el Brihadaranyaka Upanishad. Tres aspectos distintos caracterizaban el sistema de la Teosofía Ecléctica: la teoría de la Esencia susodicha, la doctrina del alma humana, una emanación de la primera, compartiendo con ella la misma naturaleza y su teurgia, ciencia que ha contribuido, en nuestra era de ciencia materialista, a la interpretación tan errónea de los neoplatónicos. La teurgia es, esencialmente, el arte de aplicar los poderes divinos humanos a fin de subordinar las fuerzas ciegas de la naturaleza; por lo tanto, sus devotos fueron objeto de burla, tildándolos, en primer lugar, de magos, una distorsión del término “Magh” que significa sabio o erudito. Los escépticos del siglo pasado se hubieran equivocado de manera análoga si hubiesen escarnecido la idea de un fonógrafo o de un telégrafo. Por lo general, los seres ridiculizados y motejados como “infieles” de una generación, se convierten en los sabios y los santos de la siguiente.

 

En lo que concierne a la esencia Divina y a la naturaleza del alma y del espíritu, la creencia de la Teosofía moderna corresponde a la creencia de la Teosofía de antaño. El Diu popular de las naciones arianas era idéntico al Iao caldeo, hasta al Júpiter del romano menos erudito y filosófico, al Jahve de los samaritanos, al Tiu o “Tiusco” de los nórdicos, al Duw de los bretaños y a Zeus de los tracios. En lo que atañe a la Esencia Absoluta, el Uno y el todo, ésta nos conducirá al mismo resultado ya que se acepte, al respecto, la filosofía pitagórica griega, caldea cabalística o la ariana. La Mónada Primordial del sistema pitagórico, la cual se retira a la oscuridad y es Oscuridad (para el intelecto humano), constituye el cimiento de todas las cosas; idea ésta que es posible encontrar en los sistemas filosóficos de Leibnitz y Spinoza en su integridad. Por lo tanto, si un teósofo concuerda con cualquiera de los siguientes conceptos, éstos nos pueden conducir a la Teosofía pura y absoluta. Nombraremos la Cábala que, hablando de En-Soph, somete la interrogante: ¿quién puede comprenderlo dado que es informe e Inexistente?” Incluiremos el magnífico himno del Rig Veda (número 129, Libro 10):

 

“¿Quién sabe de donde emergió esta gran creación?

Si su voluntad la creó o se quedó silenciosa.

El lo sabe o tal vez, tampoco El lo sepa.”

 

Mencionaremos la concepción vedántica de Brahma, cuya representación en los Upanishads es “sin vida, sin mente, puro” e inconsciente, ya que Brahma es “Conciencia Absoluta” y, al final, citaremos los Svabhâvikas de Nepal según los cuales hay únicamente “Svabhâvâta” (substancia o naturaleza) que existe por sí sola sin ningún creador. Esta es la Teosofía que instó a hombres como Hegel, Fichte y Spinoza a estudiar las obras de los antiguos filósofos griegos y a especular sobre la Substancia Unica, la Deidad, el Todo Divino procedente de la Sabiduría Divina que toda filosofía moderna o religiosa consideró incomprensible, desconocido e innominado, excepción hecha por el cristianismo y el mahometismo. Entonces, cada teósofo, ateniéndose a una teoría de la Deidad “desprovista de revelación y cuya base es una inspiración propia,” puede aceptar cualquiera de las definiciones anteriores o pertenecer a cualquiera de estas religiones, permaneciendo en las lindes de la Teosofía, ya que ésta es la creencia en la Deidad como Todo, la fuente de toda existencia, el infinito que no puede comprenderse ni conocerse, únicamente el universo Lo revela, mientras algunos prefieren decir “revela a El,” atribuyéndole entonces un pronombre masculino personal, antropomorfizándolo, lo cual es una blasfemia. En verdad, la teosofía rehuye la materialización brutal prefiriendo creer que el Espíritu de la Deidad, recogido en sí desde la eternidad, no desea ni crea. Sin embargo, lo que produce todas las cosas visibles e invisibles irradiando de la efulgencia infinita del Gran Centro, es simplemente un Rayo que contiene en sí el poder generador y conceptivo que, a su vez, produce lo que los griegos llamaban Macrocosmos, los cabalistas Tikkun o Adam Karmon, el hombre arquetipo y los arianos Purusha, El Brahm manifestado o el Macho Divino. La teosofía cree también en la Anastasis o existencia permanente y en la transmigración (evolución) o una serie de cambios en el alma,1 abogables y explicables valiéndose de principios filosóficos rigurosos; y sólo distinguiendo entre Paramâtma (alma transcendental suprema) y Jivâtmâ (alma animal o consciente) de los vedantinos.

 

A fin de dar una definición exhaustiva de la Teosofía, debemos considerarla bajo cada uno de sus aspectos. El mundo interior no ha sido ocultado a todos por una obscuridad impenetrable. Algunas veces, en cada era y en cada país, el ser humano ha podido percibir las cosas en el mundo interior o invisible mediante esa intuición superior adquirida por la Teosofía o la sapiencia de Dios, la cual trasladaba la mente del mundo de la forma a aquel del espíritu informe. Por lo tanto, aunque el “Samadhi” o Dyan Yog Samadhi de los ascéticos hindúes, el “Daimonion-photi” o iluminación espiritual de los neo-platónicos, la “confabulación sideral del alma” de los rosacruces o filósofos del fuego y los trances extáticos de los místicos y de los mesmeristas y espiritistas modernos, varien en su manifestación, son idénticos en naturaleza. La búsqueda del “ser” más divino en el hombre, que a menudo se ha interpretado tan erróneamente como una comunión individual con un Dios personal, era el objetivo de todo místico. Además, creer en su posibilidad parece remontarse al génesis de la humanidad, aunque cada pueblo le ha dado un nombre diferente. Así, Platón y Plotino llaman “trabajo Noético” lo que el Yogui y el Shrotiya definen Vidya. Según los griegos: “Mediante la reflexión, el autoconocimiento y la disciplina intelectual, el alma puede elevarse a la visión de la verdad, la bondad y la belleza eternas, o sea la Visión de Dios, ésta es epopteia.” Porfirio dice: “A fin de unir el alma con el Alma Universal, es menester sólo una mente perfectamente pura. A través de la autocontemplación, la castidad perfecta y la pureza del cuerpo, podemos acercarnos más a Ella, recibiendo, en ese estado, el verdadero conocimiento y una iluminación maravillosa. Swami Dayanand Saraswati, un profundo erudito védico que no ha leído a Porfirio ni a otros autores griegos, en su Veda Bháshya (opasna prakaru ank. 9), dice: “Para obtener Diksh (la iniciación más elevada) y Yog, se debe practicar en conformidad con las reglas […] El alma en el cuerpo humano puede ejecutar los milagros más grandes conociendo al Espíritu Universal (o Dios) y familiarizándose con todas las propiedades y las cualidades (ocultas) de cada cosa en el universo. Así, un ser humano (un Dikshit o un iniciado), puede adquirir un poder de ver y oír a larga distancia.” Finalmente, Alfred R. Wallace, F.R.S., (Miembro de la Sociedad Regia), un espiritista y también un gran naturalista declarado, con impávido candor dice: “Es únicamente el ‘espíritu’ que siente, percibe, piensa, adquiere conocimiento, razona y aspira […] no es atípico que en individuos dotados de cierta constitución, el espíritu pueda percibir independientemente de los órganos de los sentidos corporales o sea capaz, completa o parcialmente, de abandonar su cuerpo por un momento, volviendo a éste después […]; el espíritu […] se comunica más fácilmente con el espíritu que con la materia.” Actualmente, podemos ver como, después de un lapso de millares de años entre la edad de los gimnosofistas2 y nuestra era, altamente civilizada, más de veinte millones de personas creen en esos mismos poderes espirituales, si bien bajo una forma distinta de la que creían los Yoguis y los pitagóricos hace casi tres mil años. Quizá ésto dependa de tal iluminación que infunde su luz radiante en los reinos tanto psicológicos como físicos de la naturaleza. Por ende, al igual que el místico ariano alegaba poseer el poder de solucionar todos los problemas de la vida y de la muerte, una vez obtenida la habilidad de actuar independientemente de su cuerpo a través de Atmân “ser” o “alma” y los antiguos griegos buscaban a Atmu, el Escondido o el Alma-Dios del ser humano con el espejo simbólico de los misterios Themosforianos, los espiritistas actuales creen en la facultad de los espíritus o de las almas de las personas desencarnadas de comunicarse, visible y tangiblemente, con sus seres queridos en la tierra. Todos éstos: los yoguis arianos, los filósofos griegos y los espiritistas modernos, afirman esa posibilidad apoyándose en el hecho de que el alma encarnada y su espíritu que nunca se encarna, el ser real, jamás están separados del Alma Universal o de otros espíritus por el espacio; sino simplemente por la diferenciación de sus cualidades; ya que en la interminable expansión del universo no puede haber ninguna limitación. Tal unión entre espíritus encarnados y desencarnados llega a ser posible sólo cuando se elimina esta diferencia que, según los griegos y los arianos, es viable mediante la contemplación abstracta, produciendo la liberación temporal del alma encarcelada; mientras, según los espiritistas, es mediante la mediumnidad. Razón por la cual los yoguis de Patanjali seguidos por Plotino, Porfirio y otros neo-platónicos, sostenían que varias veces en su vida, durante la hora de extasis, se habían unido con Dios o más bien, se convirtieron uno con El. Como una profusión de grandes filósofos afirmó y afirma esta idea, no se puede arrinconar considerándola totalmente quimérica, no obstante su aparente aspecto erróneo al aplicarla al Espíritu Universal. En el caso de los Theodidaktoi, el único punto controvertible, la mancha lóbrega en esta filosofía extremadamente mística, consistía en su pretensión de incluir lo que es simplemente iluminación extática en la percepción sensoria. Mientras en el caso de los yoguis, la lógica cabal de Kapila refutó sus afirmaciones según las cuales tenían la habilidad de ver Iswara “cara a cara.” En lo que concierne a la declaración similar expresada por sus seguidores griegos, por una larga serie de extáticos cristianos y finalmente, en los últimos cien años, por Jacob Böhme y Swedenborg que afirmaban “ver a Dios,” tal pretensión se hubiera podido y se hubiera debido cuestionar filosófica y lógicamente, si algunos de nuestros grandes científicos, que son espiritistas, se hubiesen interesado más en la filosofía que en los meros fenómenos del espiritismo.

 

Los teósofos alejandrinos se dividían en neófitos, iniciados y maestros o hierofantes. Sus reglas se habían copiado de los antiguos Misterios de Orfeo; el cual, según Herodoto, las había traído de la India. Ammonio obligaba a sus discípulos, bajo juramento, a no divulgar sus doctrinas superiores, exceptuando a aquellos que habían demostrado ser muy dignos e iniciados y que habían aprendido a considerar a los dioses, los ángeles y los demonios de los otros pueblos, según la hyponia esotérica o el significado oculto. Epicuro dice: “Los dioses existen, sin embargo, no son lo que la multitud ignorante supone que sean. Un ateo no es aquel que niega la existencia de los dioses que las masas adoran; sino es aquel que atribuye a estos dioses las opiniones de la multitud.” En su momento Aristóteles declara: “Como la Esencia Divina permea todo el mundo de la naturaleza, a lo que se le define como dioses son simplemente los primeros principios.”

 

Plotino, el discípulo de Ammonio: “aquel que Dios instruyó,” nos dice que la gnosis secreta o el conocimiento de la Teosofía, tiene tres grados: opinión, ciencia e iluminación. “Los medios o el instrumento del primero son el sentido o la percepción, del segundo la dialéctica y del tercero la intuición, a la cual está subordinada la razón. La intuición es el conocimiento absoluto que se cimienta en la identificación de la mente con el objeto conocido.” Podríamos decir que la teosofía es la ciencia exacta de la psicología. Su relación con la mediumnidad natural, no cultivada, es análoga a la relación que subsiste entre el conocimiento de Tyndall y aquel de un simple estudiante de física. Esta desarrolla en el ser humano una visión directa que Schelling denomina: “una realización de la identidad entre el sujeto y el objeto en el individuo.” Por lo tanto, bajo la influencia y el conocimiento de hyponia, el ser contempla pensamientos divinos, ve todas las cosas en su aspecto real y termina “convirtiéndose en el depositario del Alma del Mundo,” usando una de las expresiones más hermosas de Emerson, el cual, en su espléndido ensayo sobre El Alma Universal, afirma: “Yo, el imperfecto, adoro lo perfecto que yo soy.” Además de este estado psicológico o anímico, la teosofía cultivaba cada rama de las ciencias y de las artes. Estaba profundamente familiarizada con lo que hoy se conoce comúnmente con término mesmerismo. Los teósofos descartaron la teurgia práctica o la “magia ceremonial” que a menudo el clero católico romano emplea en sus exorcismos. Unicamente Jamblicus agregó a la Teosofía la doctrina de la Teurgia, trascendiendo, entonces, a los demás Eclécticos. Cuando el ser humano, ignorando el verdadero significado de los símbolos esotéricos de la naturaleza, propende a calcular erróneamente los poderes de su alma y en lugar de comulgar espiritual y mentalmente con los seres celestiales superiores, los espíritus buenos, (los dioses de los teurgos de la escuela platónica), evoca los poderes malvados y tenebrosos que están latentes en la humanidad, las creaciones macabras de crímenes y de vicios humanos, puede caer de la teurgia (magia blanca) en la goetia (magia negra, hechicería). Sin embargo, el binomio magia blanca y negra no es lo que la superstición popular entiende con estos términos. La posibilidad de “evocar los espíritus” según la clave de Salomón, es el ápice de la superstición y de la ignorancia. Sólo la pureza en la acción y en el pensamiento puede elevarnos a interactuar “con los dioses” y permitirnos el alcance de la meta deseada. La Alquimia, que según muchos había sido una filosofía tanto espiritual como física, perteneció a las enseñanzas de la escuela teosófica.

 

Es notorio que Zoroastro, Buddha, Orfeo, Pitágoras, Confucio, Sócrates, y Ammonio Sacas no escribieron nada. La razón de ésto es obvia. La Teosofía es un arma de doble filo e inadecuada para el ignorante o el egoísta. Análogamente a cada filosofía antigua, tiene sus defensores entre los modernos; sin embargo, hasta recientemente, sus discípulos eran un grupo muy exiguo y procedían de las sectas y opiniones más variadas. “Eran completamente especulativos y aunque no fundaron ninguna escuela, lograron ejercer una influencia silenciosa en la filosofía. Indudablemente, en el momento propicio, muchas ideas así tácitamente propagadas, podrán impartir nuevas direcciones al pensamiento humano.” Esta observación es de Kenneth R. H. Mackenzie IX, un teósofo y místico, el cual la inserta en su extensa y valiosa obra: La Enciclopedia Masónica Real (artículos: “La Sociedad Teosófica de Nueva York” y “La Teosofía,” pag. 731).3 Desde los períodos de los filósofos del fuego, jamás se ensamblaron en sociedades; ya que hasta el siglo pasado el clero cristiano los perseguía como fieras salvajes y, a menudo, ser teósofo equivalía a una sentencia de muerte. Según las estadísticas: en un lapso de 150 años, en Europa se condenaron a las piras a no menos de 90 mil hombres y mujeres por presunta hechicería. En la Gran Bretaña solamente, desde 1640 hasta 1660, 20 años, se aniquilaron tres mil personas por haber sellado un pacto con el “Diablo.” Sólo recientemente, en la última parte de este siglo: en 1875, algunos místicos y espiritistas adelantados, insatisfechos por las teorías y explicaciones que los feligreses del espiritismo originaron y discerniendo su gran deficiencia en cubrir el campo completo de la amplia gama de fenómenos, formaron, en Nueva York, América, una asociación que ahora se le conoce mundialmente como la Sociedad Teosófica. Ahora bien, después de haber explicado lo que es la Teosofía, en otro artículo dilucidaremos cuál es la naturaleza de nuestra Sociedad, llamada también la “Hermandad Universal de la Humanidad.”

 

The Theosophist, Octubre de 1879

¿Es la Teosofía una Religión?

¿Es la Teosofía una Religión?

H.P.Blavatsky

 

“La religión es la mejor armadura que un ser pueda tener,

sin embargo es la peor capa.”

 

—Bunyan

 

No es una hipérbole decir que jamás existió, por lo menos durante este siglo, un movimiento social o religioso, tan terriblemente o mejor dicho, tan absurdamente mal comprendido o tergiversado como la Teosofía; ya sea que se considere teóricamente como código ético o prácticamente en su expresión objetiva: la Sociedad Teosófica.

 

Año tras año y día tras día, nuestros oficiales y miembros tuvieron que interrumpir e impugnar, de manera más o menos enfática, a las personas que hablaban acerca de la teosofía como si fuera una “religión” y de la Sociedad Teosófica como si fuera una suerte de iglesia o ente religioso. ¡Lo que es aún peor, es que a menudo se menciona como si fuera una “nueva secta”! ¿Es este un prejuicio pertinaz, un error o ambos? La última hipótesis es la más probable. La gente con una mentalidad muy estrecha y notoriamente inicua, aún necesita un pretexto plausible para encontrar un blanco hacia el cual dirigir sus observaciones poco caritativas y sus calumnias expresadas inocentemente. Para tal propósito, ¿cuál blanco es más sólido y conveniente que un “ismo” o una “secta”? A la gran mayoría no le gustaría ser desengañada, obligándola, finalmente, a aceptar el hecho de que la teosofía no es ni una “religión” ni una “secta.” El nombre colinda con sus ideas distorsionadas y fingen no saber que es inadecuado. Sin embargo, existen otras personas, más o menos simpatizantes, que están sinceramente influenciadas por la misma ilusión. A éstas les decimos: seguramente, hasta la fecha, el mundo ya ha sufrido suficientemente bajo la acción de factores capaces de aletargar el intelecto: los credos dogmáticos ¡para que les inflijamos una nueva forma de fe! Un número muy nutrido de individuos lleva puesta su fe según las palabras de Shakespeare: “como la moda de un sombrero,” cambiándolo siempre “en la próxima estación.” Además la verdadera razón de ser de la Sociedad Teosófica consistía, desde sus albores, en una protesta estentórea y en una batalla abierta contra el dogma o cualquier creencia basada en la fe ciega.

 

Podrá parecer extraño y paradójico, sin embargo es verdadero decir que, hasta la fecha, los trabajadores más expertos en la teosofía práctica y sus miembros más devotos, se han reclutado de los rangos de los agnósticos y aún de los materialistas. Jamás se encontrará a un sincero y genuino buscador de la verdad entre los creyentes fanáticos en la “Palabra Divina,” cualquiera que sea su procedencia: Alá, Brahma, Jehová o sus respectivos Corán, Purana y Biblia; ya que “la Fe no es el fruto de la razón, sino de su reposo.”

 

Aquel que cree en su religión por fe considerará, aquella ajena, como una mentira, odiándola en virtud de esa misma fe. Además, a menos que se supedite la razón y se cieguen completamente nuestras percepciones de cualquier cosa que salga de nuestra fe particular, ésta última no es fe del todo; sino una creencia temporal, la ilusión bajo la cual trabajamos en algún momento particular. Además, recurriendo a la definición perspicaz de Coleridge: “la fe sin principios es simplemente una frase lisonjera que encierra un dogmatismo obstinado o unas sensaciones corporales fanáticas.”

 

Entonces, ¿qué es la Teosofía? y ¿cómo podríamos definirla en su presentación más reciente en la parte final del siglo xix?

 

Nosotros decimos que la Teosofía no es una Religión.

 

Sin embargo, como todo el mundo sabe, el público en general ha empezado a considerar como “Teosofía” ciertas creencias filosóficas, religiosas y científicas, que en los últimos años han sido estrechamente asociadas con ella. Además, sentimos decir que los Fundadores, según cuya declaración: la Teosofía no es una Religión, son los que han presentado, explicado y defendido estas creencias. Por lo tanto nos preguntan: ¿Cuál es la explicación de esta contradicción aparente? ¿Cómo es posible que un cierto acopio de creencias y enseñanzas, en realidad una doctrina elaborada, pueda etiquetarse como “Teosofía” y que nueve décimos de los miembros de la Sociedad Teosófica la acepte tácitamente si la Teosofía no es una Religión?

 

La presente protesta se propone elucidar estos puntos.

 

En primer lugar, quizá sea preciso decir que la afirmación según la cual: “la Teosofía no es una Religión,” no excluye, en lo más mínimo, el hecho de que la “Teosofía es la Religión” misma. Según el verdadero y único significado correcto del término, una religión es un vínculo que une a los seres humanos entre ellos y no un conjunto particular de dogmas y creencias. Ahora bien, esencialmente, la Religión, en su acepción más amplia, es lo que vincula, en un gran entero único, no sólo a todo el género humano; sino a todos los seres y las cosas en el Universo. Esta es nuestra definición teosófica de religión; sin embargo, la misma definición cambia con cada credo y país y no hay dos cristianos que la consideren de manera análoga. Esto se constata en más de un eminente autor. En efecto, Carlyle definió la Religión Protestante de sus días con un discernimiento altamente profético, expresando un sentimiento que actualmente está en continuo ascenso:

 

Por lo general, es un sentimiento sabio y prudente que estriba en el mero cálculo, una cuestión de conveniencia y de utilidad, que hoy se refleja en todas las demás y mediante la cual una diminuta cantidad de goce terrenal, puede trocarse por una porción mucho más amplia y de placer celestial. Así, aún la religión es provechosa, un trabajo con fines lucrativos, no es reverencia; sino esperanza o pavores vulgares.

 

A su vez, la señora Stowe, ya sea consciente o inconscientemente, daba la impresión de pensar en el Catolicismo Romano en lugar del Protestantismo, cuando, hablando de su heroina, dijo:

 

Ella consideraba la religión como un boleto (con el exacto número de indulgencias compradas y sufragadas), el cual, una vez adquirido y colocado cómodamente en la cartera, debe presentarse en la puerta celestial, asegurándose así la admisión al paraíso […]

 

Sin embargo, los Teósofos, (aquellos auténticos), que no aceptan ninguna mediación por terceros, ninguna salvación a través del derramamiento de sangre inocente y ni pensarían “trabajar con fines lucrativos” en la religión Universal Una, podrán concurrir y aceptar en su integridad, sólo la definición de Miller, el cual la describe de forma verdadera y teosófica mostrando que:

 

La verdadera Religión es siempre suave, propicia y humilde;

No asume el rol de tirana y no planta ninguna fe en la sangre,

Ni las ruedas de su carro conllevan destrucción;

Sino más bien, se inclina para refinar, socorrer y remediar,

Y erige su grandeza sobre el bien de todos.

 

Esta es una correcta definición de lo que es, o debería ser, la verdadera teosofía. (Entre los credos, sólo el Buddhismo es una filosofía que une verdaderamente el corazón y los seres humanos; ya que no es una religión dogmática.). Bajo este punto de vista y considerando que es el deber y la tarea de cada teósofo genuino, aceptar y actualizar estos principios, podemos decir que la Teosofía es Religión y la Sociedad—su Iglesia Universal Unica—el Templo de la Sabiduría de Salomón4 para cuya construcción “no se necesitó martillo ni hacha y durante su erección no se oyó en la casa ningún ruido de utensilios de hierro” (Reyes, vi). Ya que “este templo” no es el fruto de ningún trabajo manual humano, ni se edifica en ninguna localidad terrenal; sino que se eleva sólo en el santuario del corazón humano, el único sitio donde reina el alma despierta.

 

Por lo tanto, la Teosofía no es una Religión; sino la Religión misma, el único vínculo de unidad que es tan universal y omnímodo que no puede omitir de su luz a ningún ser humano y a ningún fragmento: desde los dioses y los mortales, hasta los animales, la hoja de hierba y el átomo. Por lo tanto, cualquier organización o conjunto con ese nombre debe necesariamente, ser una Hermandad Universal.

 

Si no fuese así, la Teosofía sería simplemente una palabra añadida a la constelación de otras muy altisonantes, pretenciosas y vacuas. Desde un punto de vista filosófico, la Teosofía es, al ponerse en práctica, el alambique del alquimista medioeval. Transmuta el metal, aparentemente burdo de cada credo ritualístico y dogmático, (Cristianismo incluso), en el oro del hecho y de la verdad, produciendo entonces una panacea universal para los males de la humanidad. Esta es la razón por la cual, a nadie que solicite su admisión en la Sociedad Teosófica, se le pregunta a cuál religión pertenece, ni cuáles son sus opiniones acerca de la divinidad. Estas son su propiedad privada y no tienen ninguna atingencia con la Sociedad; ya que el cristiano o el pagano, el judío o el gentil, el agnóstico o el materialista o aún el ateo, pueden practicar la Teosofía siempre que ninguno de ellos sea un fanático radical refractario en reconocer, como hermano o hermana, a cada ser que no comparta su credo o creencia particular. El Conde Leon N. Tolstoy no cree en la Biblia, en la Iglesia y ni en la divinidad de Cristo; sin embargo, ningún cristiano lo eclipsa en la realización práctica de los principios que, según se afirma, fueron predicados en la Montaña. Estos principios son aquellos de la Teosofía, no porque el Cristo Cristiano los expresó, sino por ser éticas universales predicadas por Buddha, Confucio, Krishna y todos los grandes sabios, millares de años antes de la recopilación del Sermón de la Montaña. Por lo tanto, una vez que vivimos en armonía con este tipo de teosofía, ésta se convierte, en realidad, en una panacea universal; ya que sana las heridas infligidas por las burdas asperezas de los “ismos” eclesiásticos en el alma sensible de cada ser naturalmente religioso. ¿Cuántos de ellos, catapultados fuera de la estrecha área de la creencia ciega y caídos en los rangos del escepticismo árido por la reacción impulsiva de la decepción, han sido llevados otra vez a nutrir una aspiración esperanzadora, simplemente uniéndose a nuestra Hermandad, no obstante su imperfección?

 

Si a fin de equilibrar el asunto, se nos recuerda que diversos miembros prominentes han dejado la Sociedad, decepcionados de la teosofía, como les aconteció en otras asociaciones, ésto no puede desanimarnos ni mínimamente; ya que, en los albores de las actividades de la Sociedad Teosófica, sólo en rarísimas excepciones se alejaron porque discernieron que en la Organización General no se practicaba el misticismo como según ellos lo entendían; o porque “los líderes carecían de Espiritualidad, eran antiteosóficos y por lo tanto infieles a las reglas”; mientras que la mayoría de ellos abandonó la Sociedad debido a su apatía o presunción, considerándose una iglesia y un dogma infalible en sí mismos. Además, algunos se distanciaron valiéndose de pretextos muy superficiales según los cuales: “nuestras revistas trataban al Cristianismo (más bien al Cristianismo fanático o postizo) de manera demasiado cáustica, ¡cómo si reserváramos un mejor tratamiento o amparáramos, las otras religiones fanáticas! Por lo tanto, todos los que se fueron hicieron bien y nunca los hemos lamentado.

 

Además, debemos agregar que: el número de las personas que se fueron es incomparable con el de las que encontraron en la Teosofía todo lo que esperaban hallar. Si estudiamos seriamente sus doctrinas, éstas estimulan los poderes razonadores y despiertan el ser interior en el hombre animal, evocando en nosotros todo poder, hasta la fecha latente y también la percepción de lo verdadero y de lo real, en lugar de lo falso y de lo irreal. La Teosofía científica, versada en la hermenéutica del simbolismo perspicaz de las edades, descorre firmemente el espeso velo de la interpretación literal con el cual se encubrían todas las antiguas escrituras religiosas y revela, al escarnecedor de la antigua sabiduría, el origen de las fes y ciencias del mundo. Abre nuevos panoramas más allá de los antiguos horizontes de las fes cristalizadas, inmóviles y déspotas, transmutando la creencia ciega en un conocimiento razonado basado en leyes matemáticas, la única ciencia exacta y le demuestra, recurriendo a aspectos más profundos y filosóficos, la existencia de lo que él había abandonado desde hace mucho tiempo, considerándolo como una fábula y rehusándolo por la cristalización de su forma literal. A todo hombre o mujer de cualquier nivel social, cultural e intelectual, le imparte un objetivo claro y bien definido, un ideal por el cual vivir. La Teosofía práctica no es una Ciencia, sin embargo, abraza toda ciencia en la vida moral y física. En pocas palabras, podríamos considerarla como el “entrenador” universal, un preceptor de un conocimiento y experiencia globales, con una erudición que no sólo asiste y guia a sus alumnos hacia un examen exitoso en vista de cada servicio científico y moral en la vida terrenal; sino que les equipa para las vidas futuras si sólo estudiasen el universo y sus misterios en sí mismos, sin examinarlos a través de los cristales de la ciencia y de las religiones ortodoxas.

 

Que ningún lector interprete erróneamente tales declaraciones. Esta omniciencia se proclama en favor de la Teosofía misma y de ningún miembro individual de la Sociedad o aún Teósofo. No se debe confundir el binomio: Teosofía y Sociedad Teosófica, la primera es el recipiente el cual contiene la segunda, la olla podrida. La Teosofía, como ideal, es la Sabiduría divina, la perfección misma, mientras la Sociedad Teosófica es una pobre cosa imperfecta que trata de caminar bajo, si no dentro, de la sombra que la Teosofía refleja en la tierra. Ningún ser humano es perfecto, entonces ¿por qué deberíamos esperar que algún miembro de la Sociedad Teosófica sea un modelo de toda virtud humana? ¿Y por qué se debería criticar y culpar a la organización entera por las limitaciones, tanto reales como imaginarias, de algunos de sus “Miembros” o aún de sus Líderes? Jamás la Sociedad, como asociación concreta, ni ninguno de sus miembros, fueron exentos de culpas o pecados; ya que errar es humano. Por lo tanto, se debería más bien culpar a estos miembros, la mayoría de los cuales no están guiados por la teosofía, que es el alma de la Sociedad Teosófica, mientras esta última es su cuerpo burdo e imperfecto. Por lo tanto, antes de que estos Salomones modernos, dispuestos a sentarse en el Asiento del Juicio y a dictaminar acerca de lo que ignoran, denigren la teosofía o a algún teósofo, les invitamos a familiarizarse primero con ambos, en lugar de llamar, ignorantemente, a la primera una “profusión abigarrada de creencias insensatas” y la segunda una “secta de embusteros y lunáticos.”

 

No obstante todo ésto, los amigos y los enemigos de la Teosofía hablan de ella como si fuera una religión, cuando no la definen como una secta. Veamos cómo, las particulares creencias, que con el tiempo se han asociado a la Teosofía, alcanzaron tal posición y cómo es que les corresponde, de buen derecho, al punto que ninguno de los líderes de la Sociedad homóloga, jamás pensó en desconocer sus doctrinas.

 

Hemos dicho que creemos en la unidad absoluta de la naturaleza. La unidad implica la posibilidad, para un ente de un plano, de entrar en contacto con otro ente sobre otro plano o procedente de otro plano. Esta es nuestra creencia.

 

La Doctrina Secreta, recientemente publicada, mostrará cuales eran las ideas de toda la antigüedad en lo que atañe a los instructores primitivos de la primera humanidad y de sus tres razas anteriores. El génesis de esa Religión-Sabiduría, en el cual todos los teósofos creen, se remonta a ese período. El origen de lo que llamamos “Ocultismo” o más bien Ciencia Esotérica, debe reconducirse a esos Seres que, guiados por el Karma, se han encarnado en nuestra humanidad, impartiendo la tónica de tal Ciencia secreta que, desde entonces, en cada edad, innumerables generaciones de adeptos subsiguientes han ampliado, mientras verificaban sus doctrinas recurriendo a la observación y a la experiencia personal. El conjunto de este conocimiento, que ningún ser humano es capaz de poseer en su totalidad, constituye lo que hoy llamamos Teosofía o “conocimiento divino.” Seres de otros mundos más elevados podrían ser los depositarios de su versión integral, sin embargo, nosotros, lo somos sólo de aquella parcial.

 

Por lo tanto, la unidad del todo en el universo implica y justifica nuestra creencia en la existencia de un conocimiento al mismo tiempo: científico, filosófico y religioso, que muestra la necesidad y la realidad de la conexión recíproca entre el ser humano y todas las cosas en el universo. Desde luego, tal conocimiento se convierte, esencialmente, en Religión y se le debe llamar en su integridad y universalidad, con el nombre distintivo de Religión-Sabiduría.

 

Esta Religión-Sabiduría es la fuente de la cual emanan todas las variadas y (erróneamente llamadas) “Religiones” individuales, las cuales, a su turno, forman retoños, ramas y también todos los credos menores, cuyas bases y orígenes descansaban en alguna experiencia personal en psicología. Cada una de estas religiones o ramas religiosas, ya sea considerada ortodoxa y herética, sabia o insensata, empezó, originalmente, de la Fuente Madre como un flujo claro y pristino. El hecho de que, con el tiempo, cada una fue desvirtuada por las especulaciones y aún las invenciones puramente humanas por fines de lucro, no refuta el origen inmaculado de todas. Existen ciertos credos que no deberíamos llamar religiones en cuanto están constelados del elemento humano que los ha hecho irreconocibles; mientras otros recién empiezan a mostrar las primeras señales de decaimiento. Ninguno se ha sustraído a la mano del tiempo. Sin embargo, cada uno de ellos es de origen divino; ya que procede de una fuente natural y verdadera. Lo anterior vale para el Mazdeismo, el Brahmanismo, el Buddhismo y el Cristianismo. Los dogmas y el elemento humano de éste último han conducido, directamente, al espiritismo moderno.

 

Obviamente, se provocaría una subversión por ambos lados si dijéramos que el Espiritismo moderno en sí, desintoxicado de las especulaciones desatinadas, basadas en las declaraciones de dos jovencitas y sus desconfiables “Espíritus” es, sin embargo, mucho más filosófico que cualquier dogma eclesiástico. Ahora, el Espiritismo Carnalizado está segando su Karma. Sus primeras innovadoras: “las dos jovencitas” de Rochester, la Meca del Espiritismo moderno, han crecido y han alcanzado la ancianidad desde que produjeron sus primeros golpes, abriendo completamente las puertas entre este mundo y el otro. Su atestación “inocente” originó y orquestó el esquema elaborado de una “Tierra Estival” (Summer-land), poblada de “Espíritus” astrales activos, siempre al borde entre su “Tierra Silenciosa” y la nuestra petulante y gárrula. Ahora, las dos Mahomas femeninas del Espiritismo moderno, han negado sus propias teorías, traicionando la “filosofía” que crearon y desertando a las filas enemigas. Expusieron y denunciaron el Espiritismo práctico como el engaño de las edades. Los espiritistas, (salvo algunas nobles excepciones), se han regocijado y se han reunido con nuestros enemigos y detractores, cuando éstos, que jamás habían sido Teósofos, nos traicionaron, mostrando su débil naturaleza al acusar a los Fundadores de la Sociedad Teosófica como impostores y embusteros. ¿Deberían, los Teósofos, a su vez reirse, ahora que las “reveladoras” originales del Espiritismo se han tornado en sus “denigradoras”? ¡Jamás! Ya que los fenómenos espiritistas son hechos y la traición perpetrada por las “chicas Fox,” simplemente nos hace sentir lástima hacia todos los mediums y avala, ante el mundo entero, nuestra declaración constante según la cual, ninguno es confiable entre ellos. Ningún teósofo auténtico se burlará jamás o aún menos se regocijaría de la derrota ajena, ni siquiera de un oponente, simplemente porque:

 

Tanto hoy como siempre, sabemos que seres de otros mundos más elevados se confabulaban con algunos mortales electos; aunque actualmente, ésto se haya convertido en algo más atípico que en la antigüedad ya que la humanidad, en cada generación más civilizada, se degrada en cada aspecto.

 

Quizá, un día la Teosofía pronuncie la última palabra sobre el Espiritismo y los “Espíritus” que aún no ha proferido; debido, en realidad, a la concitación de todos los espiritistas europeos y americanos contra las primeras frases que contradecían la idea de que toda inteligencia comunicadora fuera, necesariamente, el Espíritu de algún ex-mortal de esta tierra. Entretanto, una humilde servidora de la teosofía, la editora, declara, una vez más, su creencia en Seres más grandiosos, más sabios y más nobles que algún Dios personal, los cuales trascienden cualquier “Espíritu de muertos,” Santos y Angeles alados, quienes, sin embargo, en cada edad, se dignan a inspirar, ocasionalmente, a unos pocos sensitivos, a menudo totalmente desvinculados de la Iglesia, del Espiritismo o aún de la Teosofía. Por lo tanto, la editora, creyendo en Seres Espirituales elevados y santos, debe también creer en la existencia de su antítesis: “espíritus” inferiores, buenos, malos e indiferentes. Entonces, cree en el espiritismo y en sus fenómenos, algunos de los cuales le provocan una produnda repulsión.

 

Esto lo presentamos como una observación casual y un escarceo, con el fin de mostrar que la Teosofía incluye al Espiritismo, como debería ser y no como es, entre sus ciencias que estriban en el conocimiento y la experiencia de inconmensurables edades. No existe religión digna de tal nombre cuyo origen no se remonte a estas visitas de Seres de planos superiores.

 

Esta es la manera en la cual nacieron todas las religiones prehistóricas e históricas: Mazdeismo, Brahmanismo, Buddhismo, Cristianismo, Judaismo, Gnosticismo y Mahometanismo, en pocas palabras, cada “ismo” más o menos exitoso. Todos son verídicos en su esencia y falsos en su aspecto superficial. El Revelador, el artista quien imprimió una porción de la Verdad en el cerebro del Vidente, era siempre un artista auténtico que divulgaba verdades genuinas, sin embargo, el instrumento resultó ser siempre y sólo un ser humano. Inviten a Rubenstein y pídanle que toque una sonata de Beethoven en un piano dejado a sus propios recursos: desafinado, con la mitad del teclado en parálisis crónica y las cuerdas sueltas y vean si, no obstante el genio del artista, podrán reconocer la sonata. La moraleja de la fábula es que un ser humano, ya sea el medium o el vidente más grande, es simplemente un hombre, quien, dejado a sus recursos y especulaciones, debe estar en disonancia con la verdad absoluta aun cuando recoja algunos de sus fragmentos. Desde luego, el Hombre es meramente un Angel caído, un dios en su interior, sin embargo, teniendo un cerebro animal en su cabeza y compartiendo la compañía de otros hombres en la tierra, está más sujeto al frío y a los vapores del vino, que a la recepción exacta de las revelaciones divinas.

 

De aquí derivan los dogmas policromos de las iglesias, también las llamadas mil y una “filosofías” (algunas contradictorias, teorías teosóficas incluídas), las misceláneas “Ciencias” y esquemas, Espiritual, Mental, Cristiano, Secular, el sectarismo y el fanatismo y, especialmente, la vanidad personal y la presunción de casi todo “Innovador” desde las edades medioevales. Cada uno de ellos ha oscurecido y ocultado la verdadera existencia de la Verdad, la raíz común de todas. Quizá nuestros críticos imaginen que omitimos las enseñanzas teosóficas de esta nomenclatura. Absolutamente no. Aunque las doctrinas esotéricas que la Sociedad Teosófica promulgó y todavía promulga, no son impresiones mentales o espirituales procedentes de algún “desconocido de arriba”; sino el fruto de enseñanzas que nos impartieron hombres vivientes. Aún, exceptuando lo que esos mismos Maestros de la Sabiduría dictaron y recopilaron, estas doctrinas podrían ser, en muchos casos, tan incompletas e imperfectas como cada uno de nuestros opositores lo desee. La Doctrina Secreta, obra que expone todo lo divulgable en este siglo, es un conato para presentar, de forma parcial, la base y la herencia comunes en todos los esquemas religiosos y filosóficos grandes y pequeños. Se consideró indispensable desconchar toda esta masa de concepciones erróneas y prejuicios cristalizados que ahora oculta el tronco padre de (a) todas las grandes religiones del mundo; (b) de las sectas menores y (c) de la Teosofía en su versión actual, a pesar del velo que nosotros y nuestro conocimiento limitado arrojan sobre la Verdad. La capa del error que alguna mano colocó es espesa y ya que nosotros hemos tratado personalmente de remover una parte de ésta, el esfuerzo se convirtió en el regaño incumbente contra todos los escritores teosóficos y aún la homóloga Sociedad. Nuestras tentativas de exponer el error en las revistas Theosophist y Lucifer, raramente no han sido calificadas, por nuestros amigos y lectores, como “ataques muy severos contra el cristianismo, asaltos antiteosóficos,” etc., etc. Sin embargo, éstos son muy necesarios, más bien, indispensables, si queremos sacar a relucir, por lo menos, las verdades aproximativas. Debemos presentar las cosas escuetas y, como siempre, estamos listos a sufrir por ésto. Es vano prometer divulgar la verdad y luego dejarla constelada de errores debido a nuestra cobardía. Está claramente demostrado que el resultado de tal actitud sólo podría enturbiar el flujo de los hechos. Después de doce años de trabajo y lucha incesante con enemigos esparcidos sobre todo el globo terráqueo, no obstante nuestras cuatro revistas teosóficas mensuales: el Theosophist, el Path, el Lucifer y el Lotus francés, con nuestras protestas insípidas y dóciles, nuestras declaraciones tímidas, nuestra “táctica magistral de inactividad” y nuestro juego de escondite en la sombra de la metafísica monótona, simplemente han inducido a la gente a considerar seriamente a la Teosofía como una secta religiosa. Por la centésima vez nos preguntan: “¿Qué bien está haciendo la Teosofía?” y “¡Ved qué buen trabajo están llevando a cabo las Iglesias!”

 

Sin embarto es un hecho incontrovertible que la moralidad humana no ha dado un paso adelante y, bajo algunos puntos de vista, su condición es diez veces peor que aquella vigente en el período pagano. Además, en los últimos cincuenta años del siglo, desde que el Libre Pensamiento y la Ciencia se adelantaron sobre las iglesias, cada año las filas del cristianismo están perdiendo muchos más adherentes en las clases cultivadas, en comparación con los prosélitos que adquiere en el nivel inferior, las escorias del paganismo. Al mismo tiempo, la Teosofía ha rescatado del Materialismo y de la desesperación más profunda, a más de un individuo que la iglesia había perdido a causa del dogma, la ejerción de la fe y de la tiranía, conduciéndolo, nuevamente, a una creencia, (basada en la lógica y la evidencia), en el Ser divino del individuo y en la inmortalidad de este último. Si se puede probar que la Teosofía rescata una persona entre las millares de las que la iglesia ha perdido, ¿no es ésto un factor más positivo que todos los misioneros perdidos?

 

La teosofía, según declaran sus miembros y oficiales en la prensa y a viva voz, sigue líneas diametralmente opuestas a las que recorre la iglesia y rechaza los métodos de la ciencia; ya que su procedimiento inductivo puede únicamente conducir al craso materialismo. En efecto, la Teosofía afirma ser “Religión” y “Ciencia”; pues es el meollo de ambas. Por lo tanto, la Sociedad Teosófica, inducida por el amor de las dos abstracciones divinas: la religión y la ciencia teosóficas, se ha convertido en un basurero voluntario: tanto de la religión ortodoxa como de la ciencia moderna y también en el Némesis incesante de aquellos que han degradado las dos nobles verdades por propósitos y fines personales, separándolas violentamente aunque las dos sean y deban ser, una. Este artículo se propone, entre otros fines, probar ésto.

 

El Materialista moderno insiste en la existencia de una laguna infranqueable entre las dos, apuntando que el “Conflicto entre Religión y Ciencia” ha desembocado en el triunfo de esta última y la capitulación de la primera. Sin embargo, el teósofo moderno rehusa ver cualquier laguna. Si el binomio Iglesia y Ciencia pregona que persigue la verdad y nada más que la verdad entonces, una de las dos o ambas se equivoca y acepta la mistificación por la verdad. Cualquier otro obstáculo hacia su reconciliación debe considerarse puramente ficticio. La verdad es una, aunque se busque o se persiga por dos diferentes extremos. Así, la Teosofía proclama reconciliar a las dos enemigas sentando la premisa que la religión cristiana auténtica, espiritual y primitiva es la luz de la Verdad, “la vida y la luz de la humanidad,” anánologamente a las otras grandes filosofías más antiguas que la antecedieron.

 

Sin embargo, lo mismo vale para la auténtica luz de la ciencia. Por lo tanto, como los dogmas de una hermenéutica obnubilada por las supersticiones fruto de una elaboración superficial de las iglesias, oscurecen la religión, difícilmente esta luz podrá penetrar y conjugarse con su rayo gemelo: la ciencia, la cual está igualmente constelada de telarañas en la forma de paradojas y sofismos materialistas de la edad. Las enseñanzas de ambas son incompatibles y no podrán concordar mientras que la filosofía Religiosa y la Ciencia de la naturaleza física y externa, (que para la filosofía es falsa), insistan en la infalibilidad de sus respectivas doctrinas aleatorias. Las dos luces, dotadas de rayos de la misma extensión en la cuestión de deducciones falsas, pueden, simplemente anularse, produciendo una oscuridad aún peor. Sin embargo, es posible reconciliarlas siempre que ambas limpien sus casas; una: desambarazándose de las escorias de las edades y la otra: de la horrible excrecencia del materialismo y del ateismo moderno. Como ambas rehusan emprender este camino, el procedimiento mejor y más meritorio es precisamente el que sólo la Teosofía puede efectuar y quiere efectuar: mostrar a los inocentes atenazados en las entrañas de las dos acechadoras, en realidad dos dragones de antaño: uno que devora los intelectos y el otro las almas humanas, que el presunto abismo es simplemente una ilusión óptica, un inmenso montón de basura que las dos enemigas erigieron como baluarte contra las recíprocas acometidas.

 

Por lo tanto, la teosofía demostrará que es la salvadora de la humanidad aunque se limitara a indicar y a llamar seriamente la atención mundial al hecho de que la presunta discrepancia entre la religión y la ciencia está condicionada, por un lado: por los materialistas inteligentes quienes concitan contra los absurdos dogmas humanos y por el otro: por los fanáticos ciegos y los eclesiásticos interesados, quienes, en lugar de propugnar por las almas humanas, luchan de manera encarnizada en favor de su sustento y autoridad.

 

Esperamos haber mostrado lo que es la Teosofía real y lo que son sus adherentes. La primera es la Ciencia divina y un código Etico tan sublime que ningún teósofo puede poner, completamente, en práctica; los otros son individuos débiles pero sinceros. Entonces, ¿por qué juzgar a la Teosofía conforme a las limitaciones personales de algún líder o miembro de sus 150 sucursales? Uno podría trabajar para ella con lo mejor de su habilidad y aún, nunca elevarse a la cumbre de su llamado y aspiración. Esta es su desdicha y jamás la culpa de la Teosofía o de la organización general. Los Fundadores de la Sociedad Teosófica no reivindican ningún mérito, salvo el de haber activado el engranaje. Si se deben juzgar, que se haga con arreglo al trabajo que han realizado y no valiéndose de lo que sus amigos puedan pensar o sus enemigos puedan decir de ellos. En un trabajo como el nuestro, no hay espacio para las personalidades y, si es necesario, todos deben estar preparados, como lo están los Fundadores, para que la carreta de Jaggennath los embista individualmente para el bien colectivo. Sólo en el lejano futuro, cuando la muerte haya puesto su mano glacial sobre los desafortunados Fundadores, terminando su actividad, se deberá pesar, en la Balanza de la Posteridad, sus respectivos méritos y deméritos, sus acciones buenas y malas y su trabajo teosófico. Sólo cuando los dos platillos con sus contrapesos, hayan alcanzado el equilibrio y el carácter del resultado neto haya llegado a ser evidente a todos en su valor intrínseco total, entonces, la naturaleza del veredicto emitido será determinada con alguna justicia. Actualmente, exceptuando la India, estos resultados están excesivamente diseminados en la suerficie terrestre y demasiado circunscritos a un puñado de individuos para que sean fácilmente juzgables. Ahora bien, estos resultados son casi imperceptibles e inaudibles entre el bullicio y el fragor que la constelación de nuestros enemigos y sus dispuestos émulos—los indiferentes, producen. Sin embargo, por pequeños que sean los resultados, si una vez se probara su positividad, aún ahora, todo ser en cuyo corazón resida el interés para el progreso moral de la humanidad, deberá su gratitud a la Teosofía. Cómo la Teosofía fue avivada y presentada al mundo por sus servidores indignos: los “Fundadores,” si su trabajo fue útil, éste debe ser su único defensor, a pesar del presente estado del saldo en las pequeñas cuentas de caja Kármica donde la “respetabilidad” social representa las entradas.